Hace 50 años murió asesinado Ernesto “Che” Guevara, el “Guerrillero Heroico”, por orden de la CIA en Bolivia. Desde ese mismo momento, nació el mito de un luchador que dio su vida por los “los nadies” -como diría Eduardo Galeano-, y hoy es inspiración, referencia y padre de muchas revoluciones.

Jon Lee Anderson, periodista y escritor estadounidense, especializado en temas políticos latinoamericanos y autor de obras literarias como: Zonas de Guerra, Inside the Liga (Al Interior de la Liga), Guerrillas, La Tumba del León, El Dictador, Los Demonios y otras crónicas, La Herencia Colonial y Otras Maldiciones, La Caída de Bagdad, El Che Guevara: Una Vida Revolucionaria, entre otras. Analiza en el siguiente texto los motivos por los cuales la historia mantiene viva la idea con la acción revolucionaria y luchadora del Che, uno de los mayores iconos de estos tiempos.

El 9 de octubre de 1967, cuando los militares bolivianos y los agentes de la CIA decidieron ejecutar al Che Guevara en la aldea de La Higuera, presumieron que su muerte sería la prueba del fracaso de la gesta comunista en América Latina.

Pero no fue así. Al contrario de sus expectativas, la muerte del Che -después de una cruenta odisea de supervivencia de once largos meses- se convirtió en el mito fundacional para generaciones posteriores de revolucionarios que se inspiraron en su ejemplo y lo intentaron imitar.

“¿Cómo pueden seguir a un fracasado?”, ha sido el interrogante eterno de los furibundos opositores al Che, a Fidel, a la revolución cubana, y a todos los que han intentado impulsar revoluciones socialistas en América Latina en el último medio siglo. Los saca de quicio observar que jóvenes de otros países -inclusive del país más poderoso y más capitalista del mundo, los Estados Unidos- deambulan con camisetas con la cara del “Che” y, peor aún, expresan sus simpatías con el “Guerrillero Heroico”, como lo recuerdan oficialmente en Cuba.

Lo que no entienden y nunca han entendido es que el Che logró su heroicidad por la forma en que vivió y, sobre todo, por la forma en que murió. Un legado que han logrado pocas otras figuras públicas en la contemporaneidad y, en especial, desde el ámbito socialista. Si hace falta citar ejemplos: no hay camisetas con la cara del ruso Leonid Brezhnev o del albanés Enver Hoxha, ni mucho menos del camboyano Pol Pot.

La mitologización del Che no es el mero resultado de una campaña de publicidad tipo “Mad Men”. Si fuera así del “otro lado” habrían logrado ya consolidar algunos de sus propios héroes de culto popular, porque al fin y al cabo fueron ellos los vencedores en la gran batalla de la Guerra Fría. Pero, ¿dónde están las camisetas con la cara de Videla, Astiz y Pinochet?

Lo que sucede, es que por una serie de razones, entre ellas la fidelidad del Che con sus ideales y su disposición a morir en aras de esas misma ideas, él logró trascender a su círculo de adeptos filosóficos y convertirse en la encarnación del ser guerrillero. Una metamorfosis que, inclusive, logró convertir su innegable fracaso en Bolivia en una fuente de inspiración.

El branding y el Che

Las ideas del Che, expresadas en su famoso ensayo sobre “el socialismo y el hombre nuevo”, probablemente son mucho menos conocidas por sus adeptos más jóvenes que la estampa insigne de su rostro, inmortalizado en la foto de Korda.

Ese rostro en sí ya es un brand que simboliza a nivel mundial el desafío al status quo; la rebeldía pura, y sobre todo juvenil, frente a un mundo injusto. Es la cara de la indignación frente a un mundo desigual en el cual -dice el rostro y, por ende, el legado del Che – hay que tomar una posición y, si es necesario, pelear hasta las últimas consecuencias. Hay pocas otras caras que digan eso a las muchedumbres del planeta.

Por eso, en parte, perdura el Che. Quedó inmortalizado en una década en la que la televisión reemplazó a la radio como forma masiva de comunicación. En la que nació también la cultura pop – y también la consumista-; en la que en nuestras sociedades “eres lo que vistes“ y no necesariamente lo que haces.

Así que aquí estamos, cincuenta años después, en un mundo en que el branding lo es todo: en Inglaterra si vistes con ropa de la marca Burberry es casi seguro que eres un tory (conservador); en Estados Unidos si manejas un coche Subaru eres con toda seguridad votante del Partido Demócrata y posiblemente vegano o por lo menos te atraen las comidas orgánicas.

La remera del “Che” dice que has asumido una posición desafiante ante el mundo que no implica más compromiso que eso, pero presupone una postura.

Y hay algo más. En este mundo, en el que todos andan con su iPhone y pasan horas del día comunicándose a través de las redes sociales, el Che representa algo paradójico: el vínculo a un mundo real pasado. La prueba concreta de que hace dos generaciones miles y miles de hombres y mujeres, mayormente jóvenes, hicieron cosas reales para expresar su inconformidad, no haciendo click en su Facebook para dar a conocer sus gustos y disgustos. Esa generación puede haber fracasado, pero su sacrificio –desde la perspectiva del mundo del selfie y de un narcisismo generalizado– tiene un componente romántico.

¿Era homófobo, era racista, fue un asesino?

En los últimos años, algunos miembros de esta nueva generación -la de los “iPhonistas”, por llamarlos de alguna manera- se han acercado con nuevas preguntas sobre el Che. Se sienten atraídos por su figura, pero les preocupan tres cosas: si el Che era homófobo, si era racista y si es verdad que era un “asesino”.

Hace veinte años casi nadie me preguntaba por estos aspectos, lo que demuestra las maneras en que la política identitaria se ha apoderado cada vez más del debate público, sobre todo en los Estados Unidos y en Europa. Este cambio de perspectiva ante la figura del Che me ha provocado mucho interés y también cierta preocupación en cuanto a la inocencia expresada en estas nuevas inquietudes.

Por supuesto que el Che no era ni racista ni, que yo sepa, homófobo. Pero, ¿y si lo fuera? ¿Acaso sus actitudes ante la sexualidad o la raza son los factores más importantes para decir si lo admiras o lo repudias? Y, entonces, ¿qué hay que pensar de Malcolm X? ¿Lo admiramos por su bravura frente al racismo blanco o lo condenamos por sus expresiones de odio hacia el “diablo blanco”? ¿Y qué debemos pensar de su época anterior a su activismo cuando era un delincuente, cuando fue un proxeneta y prostituía a mujeres?

Por supuesto que la más grande de las preocupaciones expresadas por los jóvenes es la del “Che asesino”. Me han hecho esa pregunta muchas veces. Frente a la repetición de ese interrogante, me he encontrado en la necesidad de explicar que el Che -por más cool que luzca su barba y su boina- sí era un guerrillero. Que no fue un producto de branding o un actor haciendo el papel de guerrillero. He explicado, tantas veces como me han hecho esta pregunta, que en aquel mundo real, pues sí, los guerrilleros como el Che peleaban de verdad y tenían armas. Que mataron y, a veces, murieron por sus ideas.

Les he explicado también que, a mi juicio, hay una diferencia entre ser “asesino” y ser un combatiente guerrillero. Más allá de esta opinión, les digo que “sí”, que es cierto que el Che enjuició y ejecutó gente -tanto en Sierra Maestra como en La Habana durante los juicios sumarios a los seguidores de Batista capturados después del triunfo de la revolución.

Los ajusticiados, que yo sepa, eran o asesinos o violadores o traidores en el caso de los guerrilleros fusilados en la sierra. En el caso de los enemigos capturados y ejecutados en La Habana o bien eran miembros de los escuadrones de la muerte de los servicios secretos batistianos o militares que habían sido especialmente sanguinarios. Sea que lo acepten o no, esta disonancia cognitiva de percepciones entre algunos jóvenes hacia un ícono de la cultura pop me parece revelador y demuestra que cada generación impone sus propias definiciones a las figuras históricas.

Pero, finalmente, ¿qué tenemos que pensar del Che hoy en un mundo en que los Estados Unidos está mal gobernados por un millonario racista, ególatra e incompetente como Donald Trump y la Unión Soviética no existe más, pero sí una Rusia en manos de Vladimir Putin -quien domina a un Estado ultranacionalista, autoritario y extremadamente corrupto? China ya no es la China de Mao y menos aún la de los batallones de campesinos y trabajadores, que tanto admiró el Che en su momento. Se ha transformado en un país que vive un capitalismo desenfrenado y con una sociedad tan consumista que parece que el sueño máximo de cada china es ser propietaria de una cartera Luis Vuitton.

Los Estados Unidos ganó, sí, la Guerra fría o al menos la batalla económica. A 26 años del colapso del comunismo, los países en donde alguna vez hubo guerrillas inspiradas por el Che hoy son casi todos capitalistas. En América Latina hay excepciones como Venezuela y Cuba, que aún ostentan ser socialistas. En Nicaragua está el viejo sandinista Daniel Ortega, de nuevo en el poder, al que de revolucionario se le ve muy poco.

Hoy, en lugar de sacrificarse subiendo a las montañas de sus países en aras de un ideal revolucionario, las nuevas generaciones de pobres y marginados latinoamericanos emigran al Norte para hacer el trabajo sucio de los estadounidenses. Otros tantos se integran a las bandas criminales. El hampa y el narcotráfico han crecido hasta llegar a dominar territorios en el hemisferio. Las batallas de hoy se libran por asuntos de negocios y no por ideales de transformación hacia “un mundo mejor.” En Bolivia, donde murió el Che, está Evo Morales, que no solamente es el primer indígena que llega al poder en ese país de mayoría indígena después de quinientos años sino también un admirador ferviente del Che. En el aniversario de la última batalla del Che -que sus seguidores la celebran el día 8 en lugar del día siguiente, el de su muerte – será él mismo quien auspiciará las celebraciones para honrar al legendario guerrillero. Así que quizás, después de estas cinco décadas, algunas cosas sí han cambiado por la presencia del Che en América Latina.

ELABRELATA / ELDIARIO.ES

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