Foto: El Abrelata

Se retoma el diálogo entre las dos fuerzas políticas, mientras que, en una suerte de antesala al nuevo encuentro en Dominicana, arrecia el potente cerco internacional en torno al país.

Desde una perspectiva comunicacional, ambas fuerzas políticas han ido elaborando una narrativa política en torno a dicho cerco. Juegos del lenguaje que se resumen en el aval, silencio o denuncia de “permanentes actos injerencistas y arremetida nunca antes vista”. Relatos político-mediáticos sobre las negociaciones en torno a la deuda venezolana que plantean un “País al borde del default” y “deuda venezolana acosada por avaricia de fondos buitre”.

En el plano interno, ocurre una situación semejante en cuanto al tratamiento mediático para la representación de la crisis multidimensional. Las narrativas y juegos de palabras al servicio de una u otra fuerza política, cuentan, narran y relatan crisis, confrontación política y nuevas batallas electorales.

Bajo tales mandatos político-comunicacionales, los intentos de diálogo –atrincherados en posiciones aparentemente irreconciliables– se han manejado como una herramienta más para derrotar al adversario político en la propia mesa de negociación. Suerte de experimento utilitario fallido, de espaldas al país y alejado de la ciudadanía, sus problemas, preocupaciones y demandas. Los negociadores, atrapados en la confrontación político-electoral, confinados a una visión cortoplacista y doméstica, han sido incapaces de plantear un proceso dirigido a cimentar consensos básicos entre las dos fuerzas políticas. Esfuerzos limitados, dado el imperativo de convertir el diálogo político en una gran alianza para bordar la profunda crisis multidimensional, la construcción de ciudadanía, la cohesión social, la convivencia y la confianza en la democracia. Referentes éticos que deberían constituir puntos claves en la agenda de diálogo Gobierno-oposición.

En consonancia con la situación política, y sometido el diálogo a este juego retórico, a la fecha los intentos de negociación política han tenido el efecto contrario, convirtiéndose en fuerzas de disolución, disgregación y división.

Emerge nuevamente la urgencia de poner en marcha una labor nacional de diálogo, cooperación y negociación. La reunión en Santo Domingo, más allá de la retórica complaciente, debe dar inicio a una nueva etapa del diálogo sujeto a las exigencias éticas que el país reclama.

ELABRELATA / MARYCLEN STELLING