Ese desgraciado instante

Foto: El Abrelata

Lo llamaron Paro Cívico Activo pero el civismo desertó apenas comenzaron. Tempranito, algunos vecinos descubrieron que alguien puesto candados en todas las salidas del edificio, dejando a todos los vecinos en una peligrosa situación de secuestro. Calle abajo, basura, guayas, ramas, escombros, barriles y cinco señoras, con sus tradicionales koalas y sus gorras tricolor. Con ellas, un gordo que se las tira de Rambo, con pantalones de camuflaje y pistola en el cinto. Tres urbanizaciones más allá, una barricada de sacos de arena y basura, ocho señoras más y un tipo con una camisa que decía “Yo soy libertador”. ¡Que empiece el show!

“Voy a pasar, no joda” -le gritó un vecino al Rambo gordo que, instintivamente, sobó la cacha de su pistola. “¡No vas a pasar, animal, respeta el derecho de protesta, coño de tu madre!” -le gritó amablemente una señora. Harto, el vecino aceleró su camioneta atropellando unos barriles que le impedían el paso. Con dos barriles atorados debajo del vehículo, se dio a la fuga. Una mujer desgañitada: “¡Destrócenle esa mieeeeeerda!” y una decena de hombres corriendo detrás del fugitivo que osó pretender ejercer su derecho al libre tránsito y que terminó atrapado entre los barriles que se llevó bajo el chasis y un carrito que lo interceptó, bajo una lluvia de piedras vidrios rotos y mentadas de madre, y un “no te meto un tiro porque no vale la pena desperdiciar mis balas en un mamagüebo como tú”…

Tres urbanizaciones más allá, el tipo de la franela de “Yo soy libertador” abolló de un puñetazo el carro de una mujer que necesitaba pasar. “Maldito, coño de tu madre” – se bajó furiosa y más furiosa se puso cuando el agresor la llamo chavista. “¡Maldito, maldito!” -se le lanzó indignada y el libertador huyó valientemente.

Las calles de sus urbanizaciones lindas convertidas en campos de batalla. Cien días de autoencierro y neurosis musicalizadas con audios en cadenas de Whatsapp; que debieron ser 15, porque dos semanas uno puede resistir, pero cien días son muchos días… Y esos, esos vecinos que tendrán que seguirse viendo las caras todos los días, arrastrados por la locura de una dirigencia criminal, en un desgraciado instante, destruyeron para siempre la sana convivencia, la paz de su calle.

Y Nicolás sigue ahí… Y nosotros con él, en pie de paz.

ELABRELATA / CAROLA CHÁVEZ