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En septiembre de 2000 se llevó a cabo en Caracas la II Cumbre de la OPEP. Se trataba de la segunda vez que la totalidad de sus miembros se reunían en pleno en 40 años de funcionamiento. Todo se hizo bajo el impulso del presidente Chávez, quien incluso hizo la gira épica aquella que lo llevó a atravesar el desierto iraquí bajo bloqueo norteamericano para visitar a Saddam Hussein. En esta histórica reunión la OPEP volvió a su antigua política de defensa de precios, la misma que Ronald Reagan, con la ayuda de gobiernos sumisos y golpes de Estado, puso de rodillas a principio de los 80.

Al año siguiente, en el marco de la aprobación de las leyes habilitantes para adecuar el ordenamiento legal a la nueva Constitución, fue reformada la Ley de Hidrocarburos. Y con esta el presidente Chávez definía de manera cada vez más clara su vocación de invertir los desiguales términos del intercambio sur-norte, términos a partir de los cuales el sur venía subsidiando el estilo de vida de los países del capitalismo central a costilla del sacrificio de su propia población.

Pero esta vocación encontraría rápidamente quienes se le opusieran, tanto a lo interno como a lo externo. Inmediatamente, el 10 de diciembre de 2001, a menos de un mes de aprobado el paquete de leyes habilitantes que incluía la de hidrocarburos, y a tan solo tres del “atentado” contra las Torres Gemelas, Fedecámaras y la entonces Coordinadora Democrática (actual MUD) convocaron a un paro patronal. El gobierno de Estados Unidos retiró a su embajadora en Caracas,  Donna Hrinak, tras el célebre capítulo aquel, innumerables veces contado por Chávez, de haberle ordenado de parte del Departamento de Estado abstenerse de criticar la política exterior norteamericana (Chávez, en cadena nacional, luego de un bombardeo norteamericano a Afganistán que mató muchos civiles, la mayoría mujeres y niños, literalmente dijo: “no se puede combatir el terrorismo con otro terrorismo”).

En marzo de 2002 llegaría el nuevo embajador, Charles Shapiro. Se trataba de un personaje sin mucha experiencia diplomática, pero sí en actividades conspirativas: había sido agregado militar en el Chile de Allende y, en cuanto tal, colaborador activo de los planes de desestabilización de su gobierno. Luego, sirvió en El Salvador y Nicaragua durante los 80, es decir, los años de la guerra sucia. Shapiro, una vez llegado a nuestro país, se involucró inmediatamente en las actividades golpistas, y fue, junto al embajador español, el primero en reconocer a Carlos Carmona Estanga, el presidente de facto nombrado por los golpistas de abril de 2002, quien venía de ser el líder de la gremial patronal Fedecámaras.

Aquellos días antes del golpe, las declaraciones de funcionarios norteamericanos se hicieron cada vez más recurrentes: Condolezza Rice, Collin Powel, Ari Fletcher, prácticamente no hubo quien no se pronunciara contra el presidente Chávez u “opinara” sobre la situación venezolana. En febrero de ese año, lo hizo el entonces director de la CIA, George Tenet, quien en una presentación ante el Comité de Inteligencia del Senado norteamericano, manifestó su preocupación por la situación de seguridad en América Latina, pero en especial sobre Venezuela. Literalmente, señaló estar preocupado por Venezuela, “nuestro tercer mayor proveedor de petróleo”, pues la “insatisfacción doméstica con la revolución bolivariana del presidente Chávez está creciendo, las condiciones económicas se han deteriorado con la caída de los precios del petróleo, y la atmósfera de crisis probablemente va a empeorar”.

Un día después del pronunciamiento de Tenet, en el marco de un foro oposicionista realizado en el entonces Hotel Caracas Hilton, un coronel de la aviación militar de nombre Pedro Soto se pronunció públicamente contra el presidente Chávez. Fue el primero de una serie de oficiales activos que salieron a manifestar su no subordinación al presidente como antesala al alzamiento de abril.

El fracaso del golpe de abril no amilanó a los golpistas. Ocho meses después, en diciembre de 2002, nuevamente la Coordinadora Democrática, Fedecámaras y la CTV, junto a la Conferencia Episcopal, y asumiendo el rol protagónico la llamada Gente de Petróleo, convocaron a un nuevo paro patronal, esta vez indefinido, que fue el disfraz para el sabotaje petrolero y bloqueo comercial al cual fue sometido el país por tres meses.

Al menos 20 mil millones de dólares en pérdidas arrojó aquel plan golpista. Prácticamente toda PDVSA fue paralizada por abandono de los gerentes de sus puestos de trabajo y por sabotaje de los procesos ordinarios de las plantas. Al poco tiempo empezaron a escasear los combustibles y luego los alimentos y las medicinas, de hecho, todo.

El conflicto con la Gente de Petróleo había comenzado, sin embargo, antes. A este respecto, debe recordarse que se trataba de los gerentes que, tras la “nacionalización” del 76, habían quedado operando PDVSA. Todos, no obstante, venían de ser formados en las transnacionales, de manera que sentían mucha más identificación con estas, y, de hecho, eran los artífices de la política de entrega y reprivatización de PDVSA contemplada en la apertura petrolera y la internacionalización. Se hacían llamar a sí mismos “meritócratas”, pues partían del principio de que solo ellos eran los capacitados para dirigir PDVSA e incluso al país. Cuando Chávez les planteaba sus planes en materia petrolera, ellos simplemente le hacían saber que no estaban de acuerdo y que no se podía. Ese supremacismo los llevó a paralizar las operaciones a nivel nacional, contando con que al poco tiempo el presidente Chávez cedería a su chantaje. Esa “supremacía” fue su perdición.

De las intentonas golpistas de abril de 2002 y diciembre-febrero de 2002-2003, se salió con movilización popular, unidad cívico-militar y tomando medidas económicas de guerra. Los 19 mil trabajadores de PDVSA que abandonaron sus cargos fueron cesados y remplazados por otros, lo que demostró que no eran imprescindibles. Y fueron implantados los controles de precio y cambio, que hasta la fecha no existían. Y, entre otras cosas, no existían, pues eran muchos los que en aquel entonces aseguraban que eran inviables y contraproducentes. La práctica demostró que no tenían razón: Venezuela entró en su ciclo de crecimiento más virtuoso y dinámico. Y no, como se ha demostrado, porque el precio de petróleo estuviera en 100 dólares el barril. El precio promedio en el año 2002 apenas se ubicaba por encima de los 20 dólares. Y entre 2002 y 2012 el promedio fue 55 dólares. Lo del barril por encima de los 100 dólares en promedio anual fue un fenómeno más bien excepcional, que ocupó la última etapa del último gobierno del presidente Chávez, esto es, entre 2010 y 2012

Todo esto para decir que ahora, 15 años después, cuando enfrentamos agresiones como la que enfrentamos, no estamos sin embargo en medio de una situación del todo inédita. Pero más aún, que en circunstancias similares en el pasado hemos logrado salir ben parados, siendo que lo que se nos presentó como amenaza se pudo convertir en oportunidad.

Hace 15 años la arrogancia imperial y de sus colaboradores locales hizo posible el milagro de limpiar las FANB de elementos golpistas y alcanzar el control de la industria petrolera para ponerla al servicio del pueblo. Hoy esa nueva arrogancia nos crea las condiciones para romper con la dependencia en materia de comercio exterior, si se sabe aprovechar la coyuntura.

ELABRELATA/15YÚLTIMO