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Por: Alejandro Lira

Venezuela es un país que limita por el norte, con el diario El País; tiene frontera común por el oriente con los diarios ABC y El Mundo, por poniente lo flanquea La Vanguardia; muy al sur y saltando el charco hace frontera con un archipiélago de diarios: entre los que destacan Clarín (Argentina), El Mercurio (Chile), El Comercio y La República (Perú), El Universo (Ecuador) y, para abreviar, el primer enclave de las oligarquías sudamericanas en Estados Unidos, El Nuevo Herald de Miami.

 

Creen los vecinos periodísticos de esa Venezuela que la tensión política ha alcanzado un punto de ruptura definitiva y que de aquí en adelante lo que queda es seguir fogoneando el caldero hasta que caiga “la dictadura” y se instaure de nuevo en ese dolido país la democracia que “goza” todo el mundo hispanoamericano. Los siguientes pasos ya están cantados: que se cree un corredor humanitario para “salvar” a los venezolanos atrapados; crear un gobierno en el exilio y finalmente, enviar una fuerza militar multinacional que restablezca por la fuerza de las balas el cauce jurídico que sostiene al continente. Y después, la gloria y miel sobre hojuelas.

Pero una cosa es hacer política en las redacciones y otra muy distinta es la compleja geopolítica de los hechos. Y los indicios de hechos semejantes en la época contemporánea apuntan a un desenlace menos glorioso; digo, la situación libia y la actual crisis de refugiados en Europa. Venezuela, al igual que Libia, es un codiciado botín petrolero mundial, y si cayese la Venezuela de Chávez, al igual que en Libia, los distintos grupos de la oposición venezolana, una vez vencedores y armados se repartirían el botín petrolero a balas, lo cual haría del país llanero la primera tierra de nadie del continente.

Pero a diferencia de Libia, donde no había pueblo gadafista y donde la lealtad jerárquica militar provenía del derroche pecuniario de la familia de Gadafi, en Venezuela hay pueblo chavista y las fuerzas armadas tienen lealtad a su revolución bolivariana más que al peculio de los compradores del cebo de culebra del petróleo venezolano.

De modo que la Venezuela que se viene, si se viene, será muy distinta a la diseñada en las redacciones periodísticas. Cualquier intento de invasión militar encontrará mayor resistencia a la esperada; y más que una nueva Venezuela, lo que se va a venir es una nueva crisis de refugiados: ésta vez los hermanos venezolanos que saldrán espantados de su país al ver que el chavismo no cae tan fácil y tan pronto como pronostica la prensa extranjera.

Allí entonces se enterarán, por ejemplo, que el muro que pretende imponer Trump en la frontera de México, no solo es contra los mexicanos sino contra todos los latinos. De modo que trashumar hacia el norte, difícil; y hacia la madre patria, peor: España quiere turistas, no inmigrantes; entonces no quedará otra cosa que trashumar hacia el Sur. Allí se enterarán que una cosa es el decido apoyo discursivo del uruguayo Almagro, del peruano Kucksynski, del Brasileño Temer, del español Felipe González, o del argentino Macri y otra situación muy distinta es vivir en esas democracias donde los chorizos y cacos abundan y la salud, educación, transporte, trabajo digno y seguridad pública escasean.

Las oligarquías hispanoamericanas, cuando no tienen el gobierno, cuando sus vástagos no están sentados en los ministerios, en los bancos, cuando no manejan los fondos de pensiones ni tienen acceso libre al dispendio público, gritan desde sus medios: ¡Dictadura! y ofrecen salidas fantásticas a la vuelta de la esquina. Sus cantos de sirena son ciertamente seductores; pero no son ciertos. Si cae el chavismo, bailarán bachata rosa un rato, pero luego no lloverá ni café ni dólares; el precio del petróleo no subirá de puro contento y el nuevo país no será igual al país del abuelo Carlos Andrés Pérez.

Es hora de empezar a nombrar las cosas por su nombre. En efecto, en Venezuela (afortunadamente) no hay democracia representativa como la hay en Perú, Argentina, Brasil, México, Paraguay, Honduras, o el Salvador. Lo que hay es una revolución de nombre bolivariano, pero de contenido socialista y de allí el aspaviento intercontinental. Una revolución, que como la cubana, vive permanentemente acosada por la leyenda negra, por el bloqueo económico y por todo tipo de maniobras de desestabilización, con el fin de que el descontento social se traiga abajo aquello que la “oposición democrática” no ha podido hacer.

Aparte de la propaganda, poco saben los venezolanos de la democracia que se les viene, si ésta les llega de la mano de sus futuros amos y verdugos. Pero acá tienen algunos asomos: de tener jurisdicción continental, el último mandato del referéndum ecuatoriano, que impide a los funcionarios públicos tener cuentas off shore, ningún presidente del continente podría mantenerse en el cargo y lo mismo va por sus ministros y viceministros. Y salvo el uruguayo Pepe Mujica, el legado de sus principales líderes políticos no se encuentra en los anales de la historia ni en los foros políticos; sino en el foro penal, los reportes policiales y la antesala de las cárceles.

La democracia representativa en el continente latinoamericano ya no tiene papeles que representar en el tejido social; ésta obsoleta institución (a la que anhela volver la “oposición democrática” venezolana) tiene abundantes y documentadas pruebas de que no es corrupta sino corruptísima. Ha perdido arraigo social y si le queda algún teatro donde fingir su representación, éste no es otro que en los grandes medios de comunicación de sus oligarquías, donde montan noticias y fabrican realidades que se les caen a la semana, por falsas.

ELABRELATA/PÚBLICO