Foto: El Abrelata

Los resultados de las recientes elecciones regionales producirán, sin duda alguna, un profundo efecto en el reacomodo de las fuerzas políticas del país.

Los ganadores se debaten entre el triunfalismo y la consideración hacia el adversario. Mientras lanzan un llamado a retomar el “camino del diálogo con miras a consolidar la paz y la estabilidad para el pueblo”, se preparan para el remate del derrotado. Operación que incluye la juramentación ante la ANC de los gobernadores electos, más la estrategia política de un protectorado en manos de los cuatro gobernadores oficialistas derrotados; con el agregado de las elecciones municipales previstas para diciembre.

La oposición se pierde en el manejo de la derrota y el peloteo de la culpa; en las diferencias insalvables entre las facciones que integran la MUD y las consiguientes luchas intestinas; a lo que se añade la manida justificación de fraude electoral. Fracturada, fragmentada y perdida en la redefinición de su rol político; de espalda a los nuevos escenarios políticos y en desconexión con el pueblo, la oposición se desvanece ante los ojos del país en una suerte de autogolpe que, luego de una lenta agonía, anuncia la muerte de una MUD que “perdió su utilidad”.

¿Estará la oposición en capacidad de recapacitar y actuar en pro del funcionamiento de la democracia y el diálogo? ¿Tendrá la disposición de replantearse su papel político? ¿Podrá alejarse de la estrategia radical y de las salidas violentas? ¿Será capaz de transitar la ruta democrática y actuar en el mejor interés de sus seguidores y del país?

La democracia se deteriora con la presencia de partidos débiles y, en consecuencia, demanda estructuras políticas sólidas que promuevan el juego democrático. La relación entre gobierno y oposición debe plantearse como “un juego de suma positiva” enraizado en el sistema de partidos, en lugar de uno “suma cero” asentado en confrontaciones a muerte entre las fuerzas políticas.

La compleja y conflictiva situación actual demanda conducción política, requiere transformar la diversidad fáctica en una verdadera pluralidad democrática. En suma, requiere “hacer política”.

Más allá de la medición de fuerzas y del forcejeo constante en detrimento del propio ejercicio de gobernar, ¿podrá el país replantearse la relación entre gobierno y oposición?

ELABRELATA / MARYCLEN STELLING